Adolescencia,  Infancia

Dejen de pegarme… (3ª Parte). Carta de una víctima de Bullying a sus agresores.

Sin lugar a dudas, formarás parte de mi vida, siendo un «antes y después» en ella. Me crea confusión identificar de entre todo lo que ha pasado, lo que más me ha hecho daño. Por un lado están las veces que me bajabas los pantalones con los calzoncillos y me pegabas, y por otro, están todos los «compañeros» que sacaban sus móviles y nos grababan para burlarse de mis genitales, subiendo el video a youtube.

Es duro, muy duro, tenía 11 años cuando empezaron (la bromita de clase se normalizó, y mira en lo que se ha convertido), y lo digo en plural, porque eran niños y niñas, los que formaron un circo en torno a la burla y vejación de mi persona.

Recuerdo de pequeño ser un niño muy miedoso e inseguro, no hacia nada sin que me lo dijeran mis padres, tenía muy poca autonomía. Tampoco quería dormir en mi cuarto, nunca me enseñaron a sentirme seguro en el.

Según cuentan mis abuelos, cada vez que tenía un problema corría a ponerme detrás de mi madre (ya fuese en el parque de bolas o en la calle delante de casa). Aprendí a desconfiar de mis iguales y de los adultos, me han destrozado una parte de mi infancia, y siempre mis reflexiones, desenbocan en la siguiente pregunta, que nadie me ha respondido:

¿Quiénes son los responsables de todo este daño?

A lo largo de todo esta etapa, muchos mounstruos sociales se aparecían en mis pesadillas al dormir. Noche tras noche, se iban uniendo más, a este circo de la humillación que se montó a mi alrededor. Uno de los más llamativos, fueron los medios de comunicación, nunca estuvieron presentes para ofrecer soluciones, por el contrario tuve la suerte de ocupar la portada de un periódico de tirada nacional, junto a Messi (había metido un gol de falta) el día que intenté suicidarme con aquellas cajas de pastillas..

Lo más que me cuesta entender es: ¿cómo puede pasar esto?, si la sociedad está liderada por adultos, ellos deberían protegernos…

Seguramente el mundo del adulto, no sea tan transparente como nos han contado, ni tampoco tiene las mismas normas que nos imponen a nosotros. Por eso, cuando recibí tu carta en la que te disculpabas conmigo, lo acepté sin duda alguna, pues como yo, formas parte de un «GRAN HERMANO», en el que unos días eres criminal y otros eres  víctima, según la escena que muestren de tu vida.

En todo este tiempo, he tenido la ayuda de mi psicóloga Mónica y mi antiguo profe, Enrique. Con ellos he aprendido a conocerme y  quererme, sin darle más valor que el de la escucha, a lo que digan los demás de mí. Me han enseñado a expresarme y hacerme valer, estoy completamente seguro, que jamás volverá a pasarme lo mismo, ahora soy valiente, porque me quiero.

Esto ha sido lo más difícil, aprender a quererme, nunca me enseñaron a verme a mí mismo, si no era mediante la comparación con los demás.

Mi profe se ha preocupado siempre por mí, se nota bastante la diferencia dentro del gremio de los profesores,  «los que hacen de su trabajo dinero«, y «los que de su vocación hacen un trabajo». 

Estas situaciones violentas y criminales  en los contextos escolares son el reflejo en la infancia, de la ausencia de valores morales en los adultos. Siendo estos mismos adultos los  que se solidarizan en las redes sociales, compartiendo videos en los que a otros jóvenes cómo a mí, nos humillan, ¿a quién ayuda que viralicen mis humillaciones?, porque defienden la idea de que así «los cogerán antes» a los culpables.

Necesitamos unos valores que sean enseñados desde el ejemplo, y no desde la norma. Toda esta violencia es consecuencia entre otras cosas, por la normalización de la violencia y agresividad en la vida del adulto.


Dedicamos este post a todas las víctimas de la violencia escolar.

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