12/05/2017 3min leyendo

¿Desarrollas la Inteligencia Emocional de tus hijos?

Categoría : Adolescencia, Infancia

“Para enseñarte, primero debo empezar por mí” Inteligencia Emocional

En esta  época en la que las escuelas hablan tanto de educar en competencias, la más complicada (y que no aparece explícita) es aprender a ser uno mismo. Enseñarla es una  de las labores más importantes que tenemos padres y educadores y que tiene como requisitos “formar” en valores y en educación emocional a los más pequeños, pues ambos aprendizajes forjan las bases del compromiso consigo mismos, cuando sean adultos, para que sean emocionalmente sanos, sin padecer de apegos y relaciones tóxicas con otros dentro de la sociedad.

Conseguir que un niño con 4 o 5 años sea capaz de decirnos: “tengo un problema papá o mamá” o “estoy enfadado” es un gran logro, pues el niño, a diferencia de muchos  adultos, ha sido capaz de:

– Aceptar que no está por encima de las circunstancias y que tiene derecho a sentirse vulnerable.

– Identificar cómo se siente y ser capaz de comunicarlo.

Estas dos acciones que parecen tan sencillas, una vez aprendidas, podrían evitar muchísimos dramas a niños y adolescentes, que acaban suicidándose o haciéndose daño a sí mismos (cortes, quemaduras, consumo y abuso de estupefacientes y alcohol, entre otros).

Permitir a los niños y niñas, que puedan expresar libremente cómo se sienten, bajo la cariñosa y silenciosa mirada de sus padres, sin atosigar con preguntas, ni con golpes de voz, para que corran a decir lo que los adultos queremos escuchar, son varios de los ingredientes para lograrlo. Sin embargo, lo más complicado, es servir realmente de modelo de lo que planteamos para los pequeños.

Cuando vamos por la casa dando voces y tirando objetos, inmersos en un enfado desregulado, o cuando nos encerramos en nosotros mismos hasta el punto de escondernos para que los niños no nos vean llorar, porque creemos que van a sufrir ( son muestras por nuestra parte de “no ejemplaridad”). Para poder enseñarles, primero debemos de tener claro que debemos ser capaces de hacerlo y aplicarlo, de lo contrario, lo que aprenderán será el modelo del que huimos por las devastadoras consecuencias, que tienen para ellos cuando son jóvenes y que además, serán fuente de infelicidad en la vida adulta.

Creando un clima en casa donde haya cabida para todas las emociones, agradables y no tan agradables, como la rabia y la ira, les enseñamos “que aceptamos las emociones que experimentan, sin reprimirlas, ayudándoles a comprenderlas, y las consecuencias que tienen en ese momento en ellos el no poder controlarlas”.

Es muy importante apoyarlos en la “reparación del daño”, por ejemplo: si estando enfadado, el niño ha tirado sus juguetes por el suelo, cuando ya esté calmado, le arroparemos para que sea capaz de identificar qué acciones ha llevado a cabo estando enfadado, a quiénes le han afectado y cuál sería la mejor manera, para todo lo que ha alterado esté de la mejor forma posible.

Hoy es un juguete el que rompe o tira al suelo de su cuarto, porque es incapaz de regular su enfado, mañana quizás, sustituya para descargar su frustración su juguete, por un compañero de clase… un indigente en la calle o, incluso, puede que lo haga contigo, y si tu has sido de los que ha ido por detrás recogiendo y reparando sus daños, te darás cuenta que nadie va a ayudarte, y lo peor de todo, tu hijo sigue sufriendo porque es incapaz de conocer y manejar sus emociones, siendo en sí misma víctima de su tiranía emocional.

Toda su vida no podrás cogerlos en brazos para calmarlos, debes aprender a ser un facilitador en su contención emocional sin que sea física, para ayudarlos a moverse en la espiral de sus emociones.

Todo lo que intentemos va a sumar, muy poco a poco, transmitiremos un modelo que a lo largo de los años, les dará al menos, la posibilidad de escoger entre ser autoconscientes o no.

No decaigas si ya convives con la adolescencia y crees que llegas tarde, ni tampoco te duermas, si apenas llega a los 5 años tu hijo, estos aprendizajes se dan en toda la vida y nosotros, sus referentes, debemos ser los primeros en dar ejemplo.

La mejor forma de enseñarles es siendo al menos cómo les pedimos.

“Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para el resto del mundo se llama mariposa” (Lao Tse)

 

 

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