La justicia de la vida

Si buscas la palabra justicia en tus conversaciones de Whatsapp (recordar que casi el 80% del día nos estamos comunicando con otras personas usando este medio), aparecerá en muchas conversaciones.

Recurrimos a la falta de la misma como el origen de nuestra  infelicidad y desencadenante de ciertas situaciones que empeoran aún más nuestra armonía y bienestar. Es permanente, en casi todos, mantener una “queja constante” con la justicia, pues no es como deseamos en ciertas parcelas de nuestra vida. Esta actitud frente a ella nos condiciona a convivir compartiendo la búsqueda de la misma, con la sensación de insatisfacción provocada por no obtenerla, es decir, “desde la frustración persigo un inalcanzable y me frustro más aún por no conseguirlo”. Este contrasentido es muestra de no saber vivir en paz con uno mismo. Vivir esta frustración nos ha hecho cada más vez hábiles para conseguir lo inalcanzable, para ello, hemos sido capaces de crear relaciones de dependencia con otras personas a las que primero “condicionamos” con chantajes emocionales para que cubran con sus expresiones y acciones nuestras expectativas y después les ofrecemos ayuda para luego reclamar “justicia” y que nos devuelvan el favor, porque es lo justo.

Por lo tanto, cada vez estamos más inmersos en relaciones de codependencia, pues se extiende a los demás nuestra forma de apelar a la justicia. Seguramente estas dos frases tienen cierta resonancia en tu vida, fíjate en ellas y recuerda cómo te sentiste al escucharlas o al expresarlas. – “Con todo lo que he hecho por ti, eres injusto conmigo” – “¿Cómo eres capaz de no ser como yo he sido contigo?”

No aceptar nuestros errores, ni como afectan a la vida de los demás, y a la inversa, camufla la necesidades reales de nuestra persona. Justificamos en el término conceptual de la justicia las emociones y sentimientos que no aceptamos, que rechazamos, para no asumir la responsabilidad de los mismo ¿Acaso no tienes derecho a equivocarte? Por supuesto que sí. Siempre tienes el derecho de equivocarte, y a su vez, la responsabilidad de asumir tus errores como tuyos, no proyectarlos o desplazarlos a los demás. Esa es la decisión más justa para con uno mismo ¿Tienen derecho los demás a equivocarse? Esta frase la reformularemos, pues al escribir “equivocarse”, nos estamos posicionando por encima de los demás, como si nuestra verdad, fuera la válida o justa, la pregunta quedaría así: ¿Tienen los demás el derecho de ser ellos mismos, sin estar condicionados a cubrir las expectativas de otras personas? Se responde ella sola. Nuestra expectativas esclavizan las conductas y emociones de los demás, para satisfacer nuestro deseo de justicia que disfraza la no aceptación de tus errores. Recuerda, tienes tanto derecho a equivocarte como los demás, es lo justo, no eres quien hace realidad las pretensiones de nadie, ni al revés.

Ad impossibilia nemo tenetur